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Un día cualquiera de observación

Es un día de fin de semana cualquiera. Tus amigos estarán probablemente viendo el futbol, en el cine, metidos en algún centro comercial abarrotado o simplemente tirados en el sofá viendo la tele. Tú en cambio estás cargando el coche hasta arriba con bolsas y cajas, mientras tu pareja prepara un café o un chocolate caliente y lo guarda en el termo. Unos ricos bocadillos y algo de picar completan todo lo necesario para pasar un día en el campo, o mejor dicho, una noche.

Circulas por la carretera en sentido contrario al atasco, porque cuando la gente regresa a la ciudad tú aprovechas para escapar de ella, de sus focos y farolas, que como velas salpican todas las calles, imposible apagarlas a soplidos. Te cruzas con miles de vehículos y sus aburridos ocupantes, uno tras otro, como corderillos, volviendo a la rutina.

A poco más de una hora de camino llegas a una explanada en medio del campo, es todo lo lejos que has podido alejarte de la civilización sin tener que preocuparte luego por un pesado viaje de vuelta a avanzadas horas de la madrugada. Los últimos rayos del sol bañan con un color dorado las tierras de labranza y algunas encinas próximas. Con suerte, durante los últimos 100 metros de camino te habrás cruzado con alguna perdiz o algún conejo. Y cuando bajas del coche en vez de motores y gritos solo escuchas el trino de algunos pájaros. Parece como si el tiempo se hubiera detenido.

Mientras anochece sacas el contenido de las bolsas del maletero. Trípode, montura, tubo… te sientes como un nómada moderno. Llega un momento en que se convierte casi en una ceremonia, como si de una ofrenda a los dioses del cielo se tratara. Buscas en el norte a Polaris, que como siempre acude puntual a la cita. Aquí empieza el camino de un viaje que nos llevará a años luz de cualquier problema o preocupación, de los problemas familiares, de los exámenes, de la crisis, puñetera crisis, del jefe malhumorado, del vecino pesado, del estrés de la ciudad, de la contaminación… Polaris te marca el camino, la puerta de salida.

Ya está todo montado. El telescopio equilibrado y puesto en estación. Todavía se aprecian las últimas luces del crepúsculo pero multitud de estrellas son visibles y con ellas las figuras imaginarias de las constelaciones. En este momento de tránsito entre la luz y la oscuridad el cielo parece hacerse más grande, como si fuera una tela gigantesca que alguien estirase desde arriba. Disfrutas del espectáculo mientras te comes un bocadillo, que aderezado con esas espectaculares vistas parece como si no hubiera nada más rico en el mundo. Es hora de empezar a caminar.

M31Primero visitas ricos cúmulos estelares, campos abiertos salpicados de estrellas jóvenes azuladas, ahí arriba todas quietas, vigilantes. Hay tantas que resulta imposible contarlas todas, así que en tu cabeza te quedas con las más brillantes o aquellas que tienen una disposición más particular, una fila, una semicircunferéncia…ahí unas que tienen forma de percha, otras se ordenan como si fueran un cuadrado. Comparas estos cúmulos abiertos con otros globulares, más lejanos y ancianos, con forma de “pelota”. Cientos de miles de estrellas que en el ocular parecen formar un solo ente. Este último esfuerzo visual ha empezado a ejercitar tu pupila, totalmente aclimatada ya a la oscuridad, y empiezas a observar detalles que antes pasaban desapercibidos. Instintivamente diriges el telescopio hacia ese borrón luminoso que hay junto a la constelación de Andrómeda y Casiopea. Ya lo has observado cientos de veces, pero no puedes evitar mirarlo una vez más. La Galaxia de Andrómeda se muestra con todo su esplendor. Su núcleo bien brillante y definido y relajando la vista un poco más empiezas a percibir que es más grande de lo que parece, que por allí se intuye una sombra, por allí otra más…

El tiempo parece detenerse, pero en realidad sigue avanzando. Te das cuenta por la posición de las estrellas, o por las siete cabrillas que ya se encuentran bien altas sobre el horizonte. La noche es fría, pero dentro de unas semanas será fría de verdad. Las cabrillas preceden a la gigantesca “V” de Tauro y detrás de él aparece Orión y su maravillosa nebulosa. Al igual que Andrómeda es inevitable dejar de visitarla.

El viaje continúa entre nebulosas planetarias, estrellas dobles, nubes de gas oscuro que ocultan a saber qué secretos detrás, quizá mundos distantes. De vez en cuando ves un destello muy rápido, tal vez incluso tu compañero de afición te sorprenda con un ¡Alaaaaa! emocionado tras ver la estela brillante de una estrella fugaz, que se retuerce en su agonía mientras desaparece para siempre en nuestro planeta, tras un viaje de millones y millones de kilómetros. Su desvanecimiento puede venir acompañado de un último suspiro que hiela la sangre cuando lo escuchas en la total quietud de la noche, parece como si fuera la propia Tierra la que suspirara.

Has salido solo a 100 km de tu casa pero tu mente ya se encuentra en estrellas a millones de años luz, y es ahí cuando te planteas realmente lo pequeño que eres, la suerte que tienes de poder observar este maravilloso espectáculo y que los problemas de la vida cotidiana no tienen la mínima importancia, el mundo gira y gira, gira tu galaxia y gira el Universo y así seguirá mañana.

Hay matices en el cielo que parecen dibujados por un gran artista, pequeños velos semitransparentes que pasan junto a una estrella como si un viento estelar los ondeara, nebulosas que te guiñan un ojo cuando parpadeas y te hacen saltar repentinamente del ocular, haciéndote sentir como un voyeur adolescente que ha sido descubierto por primera vez, graciosas figuras que te recuerdan a protagonistas de películas de ciencia ficción de tu niñez y hasta elegantes sombreros de bombín que quizá algún famoso personaje se dejó por el camino. Es tal la cantidad de emociones que puedes vivir en una noche que es inevitable cuando llegas a casa y te metes en la cama seguir viendo en tu cabeza esos puntos luminosos y esas formas misteriosas.

Retomamos el viaje de vuelta a casa pero antes nos paramos en mundos más próximos, nuestros planetas vecinos, Júpiter, Saturno, Marte…. siempre son espectaculares, cada uno con algo especial y siempre diferentes. Es el último paso antes de volver a la realidad, de recoger los telescopios, esas máquinas del tiempo maravillosas, y volver de vuelta a casa, por la misma carretera que horas antes pasaban personas aburridas, ahora vas tú, con una sonrisa de oreja a oreja.

Roberto Ferrero es monitor y socio fundador de AstroAfición

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7 Comments

  • Reply
    Moisés Rojas Cabezudo
    29/12/2011 at 09:41

    Cuando leo tu relato tengo la sensación de compartir protagonismo, el protagonismo emocionado de una afición compartida.
    Saludos, Moisés Rojas

  • Reply
    JM
    03/01/2012 at 19:58

    Hola, me encantaría vivir esta situación, pero no conozco sitios a donde ir, donde hay un trozo de campo despejado y accesible. Sé que tiene que estar alejado de la ciudad para evitar la contaminación lumínica, pero cerca de Madrid no sé donde hay sitios así. Seguro que sabes de alguno, me puedes decir donde?
    Gracias de antemano.
    Saludos.

    • Reply
      Roberto Bravo
      03/01/2012 at 20:18

      Hola JM. Tienes razón, en Madrid es complicado disfrutar de la astronomía sin coger el coche y hacer bastantes kilómetros. Si nos dices de qué zona eres quizá podamos recomendarte algún sitio, pero fuera de Madrid. En AstroAfición realizamos cursos y actividades por distintas zonas a los que puedes apuntarte.
      un saludo y gracias por comentar,
      Roberto Bravo

      • Reply
        JM
        03/01/2012 at 21:33

        Vivo en Madrid capital, por la zona de Ventas, y tengo asumido que ya tengo que coger el coche un ratito largo, pero aún así, no conozco ningún sitio al que dirigirme…
        He visto las actividades de AstroAfición, son bastante interesantes, pero tendré que dejarlas para otro momento..

        Saludos!

        • Reply
          Roberto Bravo
          04/01/2012 at 10:41

          Hola JM. Viviendo en Ventas, la mejor opción es que cojas la A2. Cuantos más kilómetros hagas, mejor, pero tienes zonas bastante buenas en cuanto sales de la Comunidad de Madrid como Pioz o Brihuega.
          un saludo,
          Roberto Bravo

  • Reply
    Lazaro Villarreal
    13/01/2012 at 04:31

    Que alegría me dio leer este blog, me recuerda el tiempo en que podía tomar mi coche, manejar una hora y media hacia un tranquilo municipio y dedicar toda la noche a observar las estrellas desde una brecha en el camino…. Desgraciadamente, vivo en Monterrey, México, y como sabrán en estos violentos tiempos ya no es posible andar por la noche con seguridad y sin el miedo de encontrate con algún narcotraficante o algún cadáver descabezado en la misma brecha en que antes podía poner un telescopio y tomarme un café observando el universo. Ojalá ustedes en España nunca conozcan una perversión tan espantosa como la que se ha apoderado de mi pais en estos últimos años… Saludos!

    • Reply
      Astroafición
      13/01/2012 at 09:17

      Esperamos que los tiempos mejoren, Lázaro, y puedas volver a salir lejos de la ciudad para poder observar las estrellas. Desde aquí en España somos conscientes de los problemas que se viven en algunas regiones de México en los últimos años por lo que vemos en la prensa y TV y os mandamos mucho ánimo para que podáis pronto volver a poder vivir en paz y con la tranquilidad de poder ir donde quieras y cuando quieras.

      Un abrazo.

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